Os presento un relato que escribí hace poco y al que he cogido un gran cariño.
El dulce olor de las cerezas emanaba de su piel. No percibía esa fragancia desde hacía meses, justo el día en que nuestra aventura comenzó. Fue una cálida tarde de primavera, un día que podría haber sido como cualquier otro, de no ser por su presencia. Recuerdo perfectamente la manera en que las otras chicas lo miraban: algunas con indiferencia, otras con una luz especial en los ojos... Pero se dirigía hacia mí.
Nunca hubiera imaginado que desde entonces no nos separaríamos. Me recosté sobre su hombro. No podía dejar de inspirar ese perfume que me transportaba hacia otro lugar, hacia otro tiempo. Él se había acercado a mí, con esa sonrisa que hacía que se me derritiera el alma. Me cogió de la mano y, sin más, me besó. Pude sentir las miradas de asombro de las chicas que nos rodeaban, emitiendo una mezcla entre envidia y confusión. Realmente yo llevaba meses esperando este momento, pero la sociedad actual aún está muy lejos de ser lo suficientemente abierta como para aceptar una relación como la nuestra. Sin embargo eso no me importaba; me dejé llevar como nunca antes lo había hecho y disfruté hasta el último segundo que duró.
Desde entonces nuestros labios se han fusionado en innumerables ocasiones, aunque nunca hubo un beso como aquel. Hoy, sentados en aquella terraza con la vista perdida entre las olas rememoré ese 12 de abril en el que todo comenzó. Subí la mirada hacia aquellos fascinantes ojos de hielo, que me miraban con gran dulzura; en ese instante tuve la certeza de que aún teníamos mucho camino por recorrer en nuestra pequeña historia.

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